Cómo la democracia puede convertirse en la herramienta perfecta de la tiranía

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POR: RAFAEL RUIZ VELASCO  OCT 17, 2017


 

No existe en política ningún concepto más sobrevalorado y prostituido que el de “democracia”. Estatistas y políticos alrededor del mundo buscan legitimar sus acciones y atracos a la libertad basados en elecciones y ejercicios electorales con tintes de fraudes, proselitismo y demagogia pura.

El ejemplo de Venezuela ilustra esta situación a la perfección. En el país sudamericano, desde 1998, con la llegada al poder de Chávez, se han repetido sistemáticamente elecciones poco transparentes que han terminado por crear una situación de innegable dictadura y represión; y como bien expresó en Twitter la expresidenta tica Laura Chinchilla, las dictaduras nunca pierden.

Esto nos lleva a plantearnos algunas cuestiones de especial relevancia, ¿en realidad qué tan justo y legítimo es un sistema democrático? ¿Cuáles son los riesgos de vivir en una democracia? ¿Existe alguna alternativa de sistema político en la actualidad que traiga mayores beneficios a sus gobernados? Vamos por partes.

Hablando en términos generales, en la historia de la humanidad nunca se había gozado de tanto progreso como hoy en día. Eso se debe, en parte, al desarrollo de instituciones que garantizan los derechos de vida, propiedad y libertad de los individuos y que generalmente tienen a la democracia como principio fundamental de organización.

Es justo decir que, a la fecha, no existe forma de gobierno más eficiente y capaz de garantizar la paz y las libertades ciudadanas que las repúblicas democráticas, cuyas alternativas generalmente terminan siendo regímenes y sistemas autoritarios donde una sola persona o grupo de personas terminan por decidir e imponer medidas que nunca empatan con los intereses de los individuos a los que gobiernan.

Dicho esto, es imposible negar el gran riesgo democrático que se presenta en la altísima posibilidad de que las mayorías terminen por aplastar y pisotear los derechos de las minorías.

Por otro lado, caso como la reciente salida del Reino Unido de la Unión Europea nos recuerdan que situaciones coyunturales que distan mucho de ser benéficas para muchos pueden terminar por definir el destino de millones de personas y sus patrimonios de manera no siempre positiva.

El mayor riesgo es que las instituciones terminen por servir al partido y a los intereses de los funcionarios que posean el poder. En un esquema de total impunidad y corrupción, los ejercicios democráticos muchas veces apenas alcanzan a ser simulaciones y montajes que solo buscan legitimar lo que a todas luces es ilegitimo, como el caso del régimen venezolano.

La alternativa es clara, y así lo entendieron los primeros constitucionalistas estadounidenses, entre ellos James Madison, quien propuso un sistema de pesos y contrapesos que terminaría por fungir como equilibrio ante estos posibles abusos de poder, tanto de tiranos como de las mayorías.

La división de poderes, la representación equitativa en el Senado de cada estado sin importar su tamaño o población, la necesidad de contar con un cierto porcentaje en las cámaras para vetar o aprobar nuevas leyes, la autonomía de organismos electorales y la apertura de espacios a candidaturas independientes han sido conquistas democráticas que han fortalecido los sistemas republicanos alrededor del mundo. El éxito de una democracia y su correcta implementación depende del fortalecimiento del Estado de Derecho y de un claramente delimitado sistema de pesos y contrapesos.

El problema es cuando estos sistemas de contrapeso no existen o cuando las “mayorías” eligen abolirlos simplemente porque no les resultan convenientes (y porque pueden).

Un pueblo que está acostumbrado a que el Gobierno les quite a unos pocos para repartirlo entre muchos otros “víctimas del sistema” seguirá votando por el gobernante que le garantice que continuará este tipo de políticas, aunque estas terminen por generar pobreza desincentivando la productividad, un sinfín de injusticias y por ser un atentando contra las más elementales libertades individuales.

Cuidado con aquellos políticos que vean a la democracia como una herramienta para perpetuarse en el poder y no como un mecanismo que permita la alternancia e incentive la existencia de buenos gobiernos a través del voto. Cuidado con aquellos políticos que creen y son defensores de la democracia siempre y cuando los resultados le favorezcan. Cuidado con aquellos políticos que se crean poseedores absolutos del poder y de la verdad, porque son justo este tipo de personajes y prácticas los que la democracia bien entendida pretende erradicar.

La democracia puede convertirse en la herramienta perfecta del tirano si no se entiende la necesidad imperante de un sistema de pesos y contrapesos para su correcto funcionamiento.

No todo lo que brilla es oro, ni todo lo “democrático” es benéfico.

Son tiempos delicados en la vida política latinoamericana, estemos alerta y tengamos cuidado con los “soldados” y “defensores” de la democracia. Hoy toca entender responsablemente que la única batalla que vale la pena luchar en política es la de la defensa de las libertades individuales.


Post Original en PanamPost
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